viernes, 6 de marzo de 2015

LOS MALOS HÁBITOS EN LA NUTRICIÓN FAMILIAR

Conseguir que los más pequeños de la casa coman de forma saludable supone  un dolor de cabeza para muchos padres. Los productos pre cocinados y los envases preparados para una persona parecen haberse convertido en una solución para muchos hogares. Antes de pensar en lo que supone la educación alimentaria de los hijos hay que plantearse si nuestra práctica alimentaria es consciente, coherente y consistente. Se sabe que los niños aprenden imitando más que escuchando razonamientos.
Los principales errores que existen en la alimentación infantil y de la familia:
La excesiva improvisación. La mayoría de las familias  no planifica sus menús semanales. El resultado es una práctica alimentaria desequilibrada que conduce al exceso de peso. Hay que aprender conocimientos básicos de alimentación para organizarse mejor. Sin duda, alimentarse  hoy en día requiere reflexión, escoger bien lo que se compra y cocinar un poco más.
La sistematización del menú a la carta. Salvo excepciones, se recomienda que la familia, pequeños y grandes, compartan los mismos alimentos, con variaciones en la cantidad y en el ritmo que se pueden respetar. Pero atender los antojos individuales, o preguntar lo que apetece comer a los pequeños, rompe el balance nutricional.
Saltarse el desayuno. No desayunar o hacerlo con un exceso de azúcares y grasas perjudiciales es lo común en muchos hogares. Resulta útil la provisión de cereales, semillas, frutos secos, aceite de oliva virgen, huevos, queso, atún, embutidos magros, frutas o yogur. Resulta agradable y necesaria la ingesta de líquido: agua, infusiones, fruta recién exprimida, leche, y después seguir con el cereal y la proteína (embutido magro, atún o queso).
Picotear a todas horas. Cuando las colaciones se han distribuido bien y se han planificado con criterio, los niveles de azúcar en sangre son más estables y, es menos probable que apetezca picar entre horas. Los niños que aprenden a comer a sus horas respetan mejor los intervalos y la familia no tiene que romper su ritmo con los populares 'snacks'.
Comidas tardías y/o copiosas. Las personas poseemos un 'reloj interno' que ajusta los horarios de ingesta con el gasto energético.  La solución pasa por conciliar mejor los horarios y agendas familiares para almorzar antes y cenar pronto. Se tiende a cenar tarde y demasiado. La cena debería ser reconfortante pero liviana, para completar las necesidades de todos, sin excesos. Para ello, la verdura, las ensaladas y las sopas deberían ser las protagonistas.
Refrescos azucarados. Las necesidades calóricas de nuestros escolares no son ilimitadas y si las cubrimos, en mayor o menor parte, con calorías vacías, restamos opciones a otros alimentos que sí aportan compuestos bioactivos (minerales, vitaminas o antioxidantes). Cuando se trata de saciar la sed el agua no tiene rival.
Comida rápida. El azúcar o los carbohidratos de absorción rápida se encuentran en los panes,  galletas, el pan blanco, la pasta, arroz, salsas, helados y postres lácteos y alimentos procesados (sopas preparadas, pizzas y pre cocinados). Todos ellos son muy  sabrosos, baratos y de fácil acceso pero suben rápidamente los niveles de azúcar en sangre y si no se 'queman' se almacenarán en forma de grasa. Cuando estos niveles caen a las dos horas se despierta la voracidad por seguir consumiendo estos alimentos. El uso de este tipo de comida debería ser eventual o excepcional.
Demasiada carne y poca verdura. La proteína animal no debe ocupar más de una cuarta parte del plato, al igual que las legumbres y los cereales. Cereales y legumbres se complementan muy bien y contribuyen también al aporte proteico. Bastan pequeñas porciones de carne blanca o de pescado. La carne roja debe ser de consumo no diario. Los protagonistas deben ser las verduras, hortalizas y la fruta.
Malinterpretar las recomendaciones, confundir los términos. La recomendación de comer más granos y cereal completo no se refiere a aumentar el número de tostadas o de raciones de cereal en el tazón del desayuno sino a incluir en las comidas la versión integral del grano de arroz, pasta o pan y otros granos: quinua, avena, cebada, trigo  que conjugan muy bien con las verduras o las ensaladas.
Aversión indiscriminada a todas las grasas. Es injusto meter todas las grasas en el mismo costal. Mientras que la grasa hidrogenada de los panes, algunas salsas y otros alimentos procesados perjudica seriamente la salud, la grasa in-saturada del pescado azul, los frutos secos y semillas, paltas y aceite de oliva debe formar parte del consumo habitual por sus propiedades beneficiosas. Eliminar la grasa visible de las carnes, disminuir el consumo de embutidos y considerar la ingesta de lácteos desnatados en la población de riesgo de obesidad o alteraciones de los lípidos contribuirán a racionalizar la entrada de grasa saturada.