miércoles, 27 de agosto de 2014

APUESTA POR LA VARIEDAD, LIMITA LA CANTIDAD

Hay muchas maneras de obtener una comida nutricionalmente equilibrada. Todos los nutricionistas están de acuerdo en que tiene que haber mucha variedad de grupos de alimentos. Algunos explican una manera sencilla de saber si estamos dando a nuestros hijos todo lo que necesitan: dividir los platos en porciones de modo que la mitad, aproximadamente, sean verduras, una cuarta parte hidratos de carbono y la otra de proteínas.
Lo ideal es que los hidratos de carbono procedan básicamente de cereales integrales, ya que estos conservan los nutrientes que los refinados han perdido durante el proceso de elaboración.
Lo ideal es que haya verduras, una o dos veces al día; y proteínas al menos dos veces. Podemos ir variando la fuente proteica: las legumbres se pueden comer tres o cuatro veces por semana, el pescado dos o tres veces por semana. Si eliges carne, la blanca una o dos veces por semana y la roja una vez cada diez días más o menos.
La nutrición no es una ciencia exacta, y esto solo son pautas, no dogmas de fe que deban seguirse al pie de la letra. Además, casi todos los grupos de alimentos contienen todo tipo de nutrientes. Cuando tus niños coman así estarán comiendo con nota sobresaliente, pero habrá días en que quizá les apetezca comer solo con nota aprobatoria e incluso alguna vez de jalados. La cuestión es que la nota media sea alta.
¿Qué cantidad?
La cantidad de comida es importante, pero no debe agobiarnos demasiado y menos con los más pequeños. Según los investigadores, hasta los cinco años los niños tienen la capacidad innata de autorregular su ingesta de comida cuando se les deja que decidan cuánto comer y cuándo dejar de hacerlo sin interferencias externas. Por lo visto comen lo que necesitan: parece que ajustan el consumo de calorías para cubrir sus necesidades de forma inconsciente. Esto no pasa en todas las comidas; hay fluctuaciones de un día al otro, pero en el periodo de una semana habrán ingerido, como por arte de magia, todo lo que necesitan.
Por lo tanto, no hace falta preocuparse en exceso por la cantidad, al menos a estas edades, y tampoco es necesario forzarles a comer. Si se lo acaban, perfecto y si no también. Muchos padres celebramos con extrema efusión el buen comer de nuestros hijos pequeños, y en cambio hacemos lo contrario cuando dejan algo.
Si tenemos claro que los propios niños saben cuánta cantidad necesitan, podremos relajarnos y aprenderemos a no establecer relaciones entre la comida y los premios o castigos que más adelante pueden ser muy perjudiciales ya que no es bueno establecer relaciones emocionales con la comida.
Si tenéis hijos listos aprenderán enseguida que las comidas son importantes y aprenderán también que si comen mucho o poco a los padres nos produce angustia, y jugarán con ello para ponernos a prueba. Esto no es por malicia: simplemente intentarán ejercer cierto control sobre este aspecto de su vida porque están construyendo su carácter. Por eso también quieren comer siempre lo mismo porque les da personalidad y porque los alimentos que les son familiares les resultan más satisfactorios.
Nosotros también debemos ser listos, haciendo que los alimentos que les parecen familiares sean lo más variados posibles y cuanto antes mejor. Hay que conseguir cambiar las preferencias alimentarias y no abusar de lo que les gusta mucho
Entre los tres y cinco años parece sin embargo que los hábitos alimentarios cambian, según explican los investigadores. Un niño de tres años comerá lo que le guste hasta que se sienta saciado y ya no tenga más hambre, independientemente de la cantidad que se le ponga en el plato.
En cambio, un niño de cinco si le gusta lo que tiene delante comerá hasta acabar lo que haya en el plato, al margen de la cantidad que sea. De hecho, los estudios apuntan a que comen un 26% más cuando les dan porciones de comida más grandes. Todo ello, de más está decirlo, dentro de unos límites razonables.

Esto no es ningún problema si al pequeño le encantan las acelgas, zanahorias o los cereales integrales, pero si hablamos de papas fritas la cosa cambia. El “qué bien come este niño” de las abuelas no distingue entre la comida saludable y la que no lo es. Si logramos cambiar sus preferencias alimentarias se convierte en una ventaja innegable. De lo contrario, si damos a nuestros hijos grandes cantidades de los les gusta mucho, lo más probable es que tengamos hijos obesos y con problemas nutricionales.