viernes, 15 de noviembre de 2013

INVERTIR EN NUTRICION PARA UN MUNDO MEJOR

La FAO publicó recientemente un informe que indica que una de cada ocho personas en el mundo (842 millones) sufre de hambre crónica. 
Este número es una estimación ligeramente inferior a la de años anteriores y muestra que el mundo está en camino de alcanzar uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de reducir a la mitad la proporción de personas que padecen hambre para 2015, respecto a niveles de 1990. Y demuestran lo importante que es que los objetivos de desarrollo post 2015 se centren más en la desnutrición para erradicar el hambre.
La mala alimentación no es solamente la responsable de la mortalidad infantil en el mundo, sino también resulta moralmente inaceptable que en un mundo con suficientes alimentos, casi mil millones de individuos sigan padeciendo hambre. Pero la razón más importante es que: la alimentación es la mejor manera de invertir cada dólar para hacer el bien en el mundo.

Lo sabemos gracias al proyecto mundial del Consenso de Copenhague. Se pidió a más de 60 economistas líderes, cuatro laureados con el premio Nobel, que analizaran un gran número de desafíos y que vieran en qué campo se podía lograr más. De todas las soluciones, hallaron que la nutrición era la mejor y la más costo-efectiva, porque implica beneficios por un precio reducido.
Lograr esto es asegurar que más de 100 millones de niños podrían desarrollarse sin trastornos de crecimiento y conservarían los beneficios para el resto de sus vidas. Podemos comprobarlo con mayor claridad en el seguimiento reciente de un experimento en Guatemala.
El estudio empezó en el año 1969, cuando un grupo de niños en edad preescolar de cuatro poblados recibieron buena alimentación a diferencia de otros niños de la misma edad en otros poblados cercanos. Los investigadores hicieron un seguimiento 35 años más tarde, cuando los niños habían alcanzado los 30 y 40 años de edad aproximadamente, y observaron diferencias marcadas en quienes habían recibido mejor alimentación en su niñez.
Estos niños tuvieron una escolaridad con buenas calificaciones y en la adultez, tuvieron mejores sueldos, más posibilidades de desarrollar una profesión y obtener trabajos mejor pagados. En el caso de las mujeres, tuvieron menos embarazos y menor riesgo de pérdidas de embarazo o de niños nacidos muertos. La nutrición fue la única diferencia. Su cuerpo y su masa muscular se desarrollaron más rápido, sus capacidades cognitivas mejoraron.

Al aplicar experiencias como esta, los economistas pueden estimar los beneficios que tendría una mejor política alimentaria. Finalmente, cuando todos los beneficios se traducen en términos económicos, cada dólar invertido en alimentos lograría $59 de bienestar en el mundo. Entonces, mientras que esta solución rara vez recibe aplausos, un esfuerzo a gran escala podría lograr una gran diferencia.

Ahora, lo que necesitamos es convencer a los líderes de Naciones Unidas de mantener la marcha hacia la próxima etapa de objetivos de desarrollo. Puede que la nutrición no sea el tema más atractivo en la agenda global, pero dado que puede lograr tanto bien, debe ser la prioridad.